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Por Israel Díaz Rodríguez

Más de un compromiso con músicos en el pueblo se vieron frustrados, no porque los músicos fuesen incumplidos, antes bien, todos ellos eran personas como se les llamaba: “de palabra”, es decir no era necesario firmar ningún papel para obligados así,  cumplir lo que ya de palabra habían confirmado. Si faltaban era por inconvenientes insalvables.

Los tres músicos de esa época, en el pueblo eran: Socorro Benavidez, Eusebio Gamarra y Obdulio Gamarra –estos dos no eran familia – el primero ejecutaba con maestría su instrumento que era la GUACHARACA, debo aclarar de una vez por todas, que me estoy refiriendo a los años 1930 – 1940 y hago esta aclaración de una vez para que las nuevas generaciones, no me vayan a tildar de mentiroso.

 

SOCORRO BENAVIDES

“El viejo Zoco”

El instrumento que tocaba Socorro, era construido por su sobrino José del Carmen a quien él – Socorro – le había enseñado lo que a su vez había aprendido de su abuelo paterno que era experto en la materia.

 

EUSEBIO GAMARRA

“DON CHEBO”

Ejecutaba en su armónica, que él llamaba “violina” toda clase de  melodías musicales; también como Socorro, había recibido de un pariente lejano la enseñanza que al decir verdad, eran muy pocos los músicos de su tiempo que hicieran sonar este instrumento.

 

 

Obdulio Gamarra

“EL YUYO”

 

Y por último y quizás el más célebre: Obdulio Gamarra, este hombre era digno de admiración, en su niñez había sido víctima de “poliomielitis” parálisis infantil que le dejó como secuelas la falta de fuerza en sus piernas  por lo tanto le era imposible caminar; así minusválido, aprendió a tocar la “gaita”.

 

Mis queridos lectores, el motivo de esta crónica es el de referirles algunas de las más contadas anécdotas de cada uno de estos “músicos” que sin haber ido a escuela alguna donde les enseñaran a tocar sus instrumentos, llegaron por puro oído a ejecutarlos con maestría; por lo menos así nos parecía a nosotros los de esa época que a duras penas le sacábamos sonidos a una hoja de Matarratón.

 

SOCORRO

EL VIEJO ZOCO

 

Photo by Maksim Goncharenok from Pexels

Le habían contratado para que amenizara con su “guacharaca” con la cual acompañaba sus canciones – porque dicho de una vez -  poseía una voz de barítono. Acostumbraba hacer sonar su instrumento con huesos de costilla de vaca, para lo cual se le veía con alguna frecuencia por el matadero donde sacrificaban una vaca cada seis u ocho meses, compraba varios huesos, los recortaba  en pedazos de unos diez centímetros, los colocaba en un recipiente con agua salada y después de varios días les sacaba y ponía al sol para que se secaran.

De manera que nunca le faltaba el complemento con el cual hacía sonar su instrumento; para ello ya secas las guardaba en una mochila la cual colgaba de la cabecera de su hamaca. Un día sin que se diera cuenta, se metieron unos hambrientos perros callejeros, bajaron la mochila e hicieron fiesta con los huesos no dejándole ni uno que le sirviera.

Él, despreocupado, llegó el día  en el cual debía cumplir su compromiso, tremenda sorpresa se llevó cuando al ir a sacar uno o dos huesos, se encontró con que hasta la mochila estaba destruida. Apenado con los contratistas, tuvo la franqueza de comunicarles que no podía cumplir con el compromiso por lo acontecido.

EUSEBIO “DON CHEBO”

 

Este ejemplar humano tocaba la “armónica” puede decirse, que por puro pasatiempo, sobre todo lo hacía cuando se emparrandaba con sus amigos, cosa que hacía con bastante frecuencia, así que de viernes a domingo se le encontraba con sus compinches en la cantina de Cándida Rosa que vendía el mejor ron destilado que le vendían los hermanos Víctor y Pablo.

Don Chebo – como se le llamaba – era un hombre pacífico, no se metía con nadie, evitaba verse envuelto en peloteras; por eso todo el mundo se sorprendió cuando corrió la noticia que a Don Chebo le habían roto todos los dientes peleando con  uno de sus compañeros de juerga; como no había odontólogo en el pueblo, Don Chebo se quedó sin dientes y ya no pudo tocar su instrumento pues a falta de estos, la nota “do” le salía” la”.

 

OBDULIO “EL YUYO”

Montado en un burro recorría las calles amenizando procesiones en las fiestas patronales, animando un fandango en la plaza de la iglesia, montado en su pollino hacía recorridos por las poblaciones vecinas; él mismo hizo arreglos musicales que ejecutaba en su “gaita” entre otras una de las más pegajosas y solicitadas por el público decía: “purrundé que purrundá/ barriga e perro pipón”.

Obdulio se hacía acompañar por tres músicos más como lo eran: el que tocaba el bombo, el que tocaba las maracas y el que hacía sonar el redoblante  más dos cantantes. Para conseguir contacto con Obdulio, había que hacerlo a través de su representante. Su fama llegó a tal punto que no había acto festivo de categoría, sin la presencia del “YUYO” que era como se le conocía.

El Yuyo dependía totalmente para su movilización, de su indispensable jumento, un “mohíno” que  había traído de México comprado en una de las tantas giras llevadas a cabo por el país Azteca, pollino  perteneciente a la dinastía de los famosos Panchos aficionados a la cerveza; tan buenos tomadores de cerveza eran, que uno de ellos, PANCHO (II) llegó a tomarse hasta 12 botellas al día.

Pancho, el de Obdulio, haciendo honor a su ascendencia, poco a poco se fue acostumbrando a tomarse unas cuantas cervezas mientras su amo estaba atendiendo un concierto. Un 24 de Diciembre esperando que su dueño terminara de tocar, unos muchachos empezaron a darle cervezas  hasta el punto que PANCHO se amarró una tremenda borrachera que no pudo conducir a su dueño a otro lugar donde esa misma noche se había comprometido.

Al no disponer de su trasporte, Obdulio incumplió el contrato que había contraído con el Alcalde y su Junta Directiva de la población de CEIBAL población donde se verificaba la fiesta de San Agatón. Esa misma noche llamó a un compadre que vivía en CUBA que le consiguiera un jumento como los que se exhiben en “el mirador” de MAYABE  cerca de la ciudad oriental de HOLGUIN.

Como puede leerse, estos tres individuos fueron célebres  hasta  (1940)  por haber sido los únicos que se apartaron de la vieja costumbre de solo labrar el campo, criar ganados y una pequeña casta que se ocupaba de destilar clandestinamente un ron, conocido con el nombre de “ÑEQUE”.

Loor a estos tres héroes quienes para la época  que les tocó vivir, se apartaron del común y de alguna manera, quisieron seguir la senda del  arte.

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