Remembranzas de la medicina Colombiana

Por Israel Díaz Rodríguez

Me anuncia mi nuera que traerán a los niños a pasarse el fin de semana con nosotros, seguidamente  la alegría me embarga y comienzo a prepararles el ambiente para que no tengan un instante de aburrimiento, la abuela cómplice de todo, silenciosamente se escapa a la cocina y prepara una cantidad de platillos de los manjares que ella sabe que a sus nietos les fascinan.

Entre los preparativos que yo hago con veinticuatro horas de anticipación, están  juegos de todas clases, cuentos para leer juntos, algunos de estos, copiados de revistas y libros, otros de mi propia invención,  no puede faltar el permiso para que usen el computador y jueguen por lo menos durante una hora, tal como sus padres lo autorizan y recomiendan pero nosotros los abuelos en nuestro afán de hacernos simpáticos con los niños , nos hacemos los ciegos y sordos y les permitimos que prolonguen el tiempo usando el computador,  desde luego que les vigilamos no sea que de pronto se metan en uno de esos programas prohibidos.

Todo está listo, reviso una y otra vez para que no falte nada, que no se me escape ningún detalle, no quiero sorpresas.

Llegó la hora, han llegado los nietos, después de besos y abrazos, tiran sus morrales por cualquier parte, seguidamente y antes de que los abran, y saquen  sus juegos modernos, les informo que les tengo un programa especial para que lo disfrutemos juntos, incluyendo a la abuela.

Por Israel Diaz Rodriguez

 

Tengo por norma, hábito o costumbre, como se le quiera llamar, pues para el caso es igual, que al obtener una prenda de vestir, bien sea una camisa, un par de zapatos o un pantalón, en el mismo almacén en donde me la mido - la prenda de vestir - al conseguir la que me gusta, me la pongo seguidamente y la que he llevado puesta, es la que le digo a la persona que me atiende, que me la empaque en la bolsa o caja donde debería envolverme la recién comprada.

Esta costumbre ha sido de toda mi vida, desde que estaba joven, con muchísima razón ahora en mi vejez, actitud que mi esposa nunca ha compartido y siempre me la ha criticado y hasta impedido.

Son muchas las veces que he cedido a su capricho, sobre todo cuando me lo reprocha dentro del almacén, pues opto por aparentarle que estoy de acuerdo con ella, pero la realidad es que evito la discusión para no formar la “tremolina” en un establecimiento público en donde acude y siempre hay gentes que le conocen a uno, y como no se trata de ganar, es mejor perder en casa que pasar la vergüenza en público.

Ya en la casa la cosa es a otro precio, pues aún bajo sus eternas protestas, tan pronto amanece, o sea al día siguiente después del baño, de inmediato, si es una camisa nueva, o zapatos, cuando se da cuenta, ya yo estoy luciendo mi prenda recién adquirida.

Ahora cuando ya las medidas de pantalones y camisas en su mayoría no me cuadran porque unas me quedan  grandes, otras todo lo contrario, sobre todo las camisas, como el abdomen me ha crecido, los botones parece que se fueran a reventar y muchos pantalones las pierneras me quedan como bolsas sin contenido, debido que han perdido la musculature quedando solo en hueso y piel.

Porque esa es otra realidad, cuando somos jovenes, exibimos  un uerpo armonioso, pero en la medida que vamos abandonando la juventud, todo se va modificando, a los hombres se nos secan las piernas y nos crece el abdomen en forma de barril de ahí que la apariencia final es la de un escaparate con patas.

Por: ISRAEL DÍAZ RODRÍGUEZ

Era nuestro primer  treinta y uno de Diciembre  en los Estados Unidos, las calles estaban cubiertas de nieve, el frío era intenso, dentro de los apartamentos había calefacción  emitida por unos aparatos de hierro en forma de serpentines por donde circulaba el vapor que se originaba en unas enormes calderas alimentadas con carbón.

A nuestro modesto apartamento, habíamos invitado a unas parejas de colombianos con sus respectivos niños, el presupuesto  hecho para comprar un pavo, una botella de “Chivas” y unas cuantas cervezas, no daba para más, todo estaba matemáticamente calculado. 

A eso de las nueve de la noche, sonó el timbre de la puerta, me apresuré a abrir - ya nuestros amigos habían llegado puntualmente - al abrir, envueltos en  pesados abrigos de lana, bufandas al cuello, guantes de cuero en las manos, sombrero de fieltro en la cabeza, con gran sorpresa identifiqué a unos    médicos cubanos  compañeros en el hospital. Los hago entrar y se los presento a mis paisanos, nosotros derrochando alegría, hablábamos de la patria, de la familia que de igual manera estarían celebrando a la distancia. Estábamos   en un país distinto al nuestro, bajo el común apelativo de extranjeros, pero los colombianos, estábamos allí por nuestra propia voluntad, porque buscábamos algo para lo cual teníamos un límite de tiempo y después, regresar al terruño amado y abrazarnos con los nuestros.

https://www.flickr.com/photos/52940389@N06/6788063846/ 

Por: Israel Díaz Rodríguez

 

La familia Bastidas formada por  cuatro hijos y los dos progenitores, un día se embarcaron en una canoa y desde el puerto de Gamarra, enrumbaron río Magdalena  abajo a conocer el mar. Felizmente llegaron hasta las bocas de Tacaloa en donde un tronco que arrastraba oculto la corriente, les destrozó la frágil embarcación.

Milagrosamente salvaron sus vidas, lo demás, todo lo perdieron; seguros en tierra y sin embarcación,  resolvieron no continuar  el viaje en busca del mar y se quedaron en la ribera  del río en donde edificaron un rancho  bastante grande hecho con techo de palma, paredes de tablas y cuanto material encontraron a su alcance, bajo ese techo que los protegía del sol y de la lluvia, comenzaron una nueva vida.  La gente conmovida por lo que les había pasado, les regalaron además de camas, colchonetas, ropas en buen estado, utensilios para la cocina,  y herramientas para labrar la tierra y pescar.

Con el tiempo, lo del naufragio dejó de ser una quimera y ya lo referían como un episodio cualquiera, pero  Doña Ana – la mamá del clan – religiosa consumada de estirpe antioqueño no dejaba de decir, que aquello había sido un milagro de la Virgen de los Naufragios de la cual ella era muy devota.

Las cosas andaban muy bien, los hijos trabajaban, el señor Bastidas – padre - además de los cultivos de yuca tabaco, plátano, y ñame pescaba,  de manera que la tierra les daba todos los  frutos de pan coger,  y  de la aguas del río Magdalena, obtenían abundante pesca que al principio solo alcanzaba para la comida familiar, pero con el paso de los días, ya hubo para vender. 

Délfida  única hija era una joven muy agraciada, alta, con un cuerpo que parecía esculpido por un artista,  piel trigueña, rostro adornado por una nariz de punta un poco levantada, boca de finos labios,  dientes blancos y parejos, cabeza  poblada por una cabellera  de color castaño claro que ella coquetamente movía con una gracia que la hacía más atractiva.

Por. Israel Díaz RODRÍGUEZ

Los estudiantes de medicina de la Universidad de Cartagena, al cursar el cuarto año que era cuando se comenzaba a tener contacto con los pacientes en el  Hospital Santa Clara, una vez terminado el año, con el mapa de los departamentos de la costa en mano, comenzábamos a buscar pueblos en donde irnos a “ejercer.”

Una vez elegido el sitio, nos aventurábamos en la búsqueda de unos pesos que regularmente eran ahorrados para el pago de la matrícula del año siguiente. Desde luego, ya sabíamos  algo de semiología y medicina interna, que por cierto nos las enseñaba muy bien el profesor Nicolás Macario Paz.

Como mis abuelos maternos eran de Buenavista – sabanas – hacia allá nos fuimos, Nicolás Badin y yo, llegamos en un camión de esos mixtos que transportaban carga y pasajeros, el mas popular era, bien lo recuerdo, el del señor Antonio Manjares.

No nos hospedamos en la casa de mis abuelos sino en la de uno de los señores más notables del pueblo, en este caso, Don Rogelio, quien sea dicho de una vez, con esa característica de buenos anfitriones  que tiene la gente de los pueblos, orgullosamente nos acogió en su casa. Allí instalamos nuestro consultorio que constaba de un tensiómetro, un fonendoscopio y un estuche para aplicar inyecciones.

https://orientacion.universia.net.co/que_estudiar/universidad-de-cartagena-64.html

Volver