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CHARLA A LAS MONJITAS DE CLAUSURA DE UN CONVENTO

Por: Israel Díaz Rodríguez

 

Siempre que me han invitado para que dicte una charla o conferencia a una entidad o institución de cualquier rango, tales como: Universidades, Colegios, sociedades científicas o público en general, debo confesar que he sentido algo de temor, por no decir abiertamente, pánico.

Tengo muy viva en mi memoria, la primera vez que  pronuncié unas palabras ante un nutrido grupo de personalidades y compañeros del Club de Leones en Magangue, con la presencia de Monseñor López Umaña, Arzobispo de Cartagena, a quien habíamos invitado para la colocación y bendición de la primera piedra del nuevo cementerio por allá en el año de 1958.

Dudé en ser yo el que diera al prelado, el saludo, lo pensé muchísimo,  inclusive, quise excusarme pero no tenía  motivo valedero, pues yo era el presidente del Club, así que, ni maneras.

Entonces ese juez implacable que lleva uno por dentro que se llama conciencia, me impulsó de tal manera, que llegado el momento, de pie detrás el atril, saqué de mis bolsillos del saco, unas tres hojas de papel escritas a máquina y luego del saludo reverencial, empecé mi discurso,

Mientras lo hacía, levantaba de vez en cuando la vista con el velado propósito de observar si los asistentes me estaban prestando atención o si estaban distraídos. Llegado al final de mi discurso, recibí el protocolario apretón de manos de los más cercanos compañeros y una que otra mirada de complacencia de los que estaban al otro extremo de la mesa.

Yo no quedé satisfecho con mis palabras, me sentía como que algo de lo que había expresado, no encajaba para el momento. Monseñor López Umaña, era un hombre demasiado serio, algo distante y en su rostro solo advertí algo de fastidio, no se si por estar allí entre nosotros, después de un largo y fatigoso viaje desde Cartagena a Magangue, en una calurosa tarde y en un auto sin aire acondicionado, o porque mi perorata no le había gustado para nada.

El Doctor Gil Blas Berrío  ese eminente jurista magangueleño que poseía una inteligencia privilegiada  cultivada como excelente lector que era, tenía gran amistad conmigo y en calidad de sincero amigo, cuando me atreví a preguntarle como le había parecido mi intervención, con franqueza me dijo: “lo que escribiste estuvo bien, lo leíste con claridad, buena dicción y tono de voz, pero ese discurso no era para Monseñor, sino para un Pastor de iglesia Protestante”.

**AUTOPSIAS AL AIRE LIBRE

Por   Israel Díaz Rodríguez

El área  en donde funcionaba el hospital San Juan de Dios – hoy de la Misericordia – además de la edificación  con sus pabellones para los diferentes servicios que prestaba, años cincuenta,  estos eran . Medicina general, Pediatría, Obstetricia, Ginecología, Medicina Interna, Cirugía general, Emergencia, pabellón donde se alojaban las monjas, que para la época, eran las que actuaban como enfermeras jefes de cada servicio; una sala de cirugía y las oficinas   para el Director y secretaria, olvidaba el Laboratorio clínico, cuya jefe era la muy eficiente y apreciada bacterióloga Maruja Pacheco..

Además de dichos pabellones y oficinas, tenía un amplísimo patio  que servía para el secado de la ropa tanto de cirugía como los uniformes de las monjas, allí también se secaban los guantes que al ser usados, no se desechaban sino que eran lavados, puestos a secar al sol, luego eran envueltos en papel periódico para finalmente ser esterilizados en el autoclave.

Además, como no existía en la ciudad una oficina  de Medicina Legal, ningún lugar apropiado para verificar las autopsias que con alguna frecuencia eran traídos  al hospital,  muertos  por reyertas no solo de la ciudad, sino los que traían de los pueblos vecinos, sobre todo en épocas de fiestas patronales. Donde nosotros los médicos que prestábamos servicios allí, se nos asignaba la tarea de practicarlas a cielo abierto. Como la pared que delimitaba el patio con la calle no alcanzaba el metro de alto,  los transeúntes se detenían a presenciar el trabajo que nosotros ejecutábamos en los cadáveres.

Aquel trabajo que nosotros hacíamos con el mejor de los esmeros, servía a la gente que andaba por allí de espectáculo gratuito, macabro para muchos divertido para otros. No dejaba de ser para nosotros los ejecutantes, una manera de demostrar nuestras habilidades de expertos cirujanos; la aglomeración de curiosos era tal que a veces alguna autoridad del hospital tenía que intervenir pidiéndoles compostura y silencio.

Esto de hacer nosotros las autopsias, nos trajo muchísimos  problemas personales que  llegaron a ser motivo de pleitos con abogados de la ciudad. Estos,  en su afán de ganar sus pleitos, pusieron en duda nuestros diagnósticos que se ajustaban a lo encontrado durante el procedimiento, en muertos por tiros de revolver, escopeta y hasta de fusil, amén de los más por armas corto-punzantes y hasta elementos contundentes.

Personalmente fui acusado por un “leguleyo” de haber alterado el dictamen de lo encontrado en el cadáver de un hombre  que había sido asesinado en un corregimiento cercano a Magangué. Este “picapleitos”  reconocido en toda la comarca  como un hombre  que apenas había cursado la primaria, sin ninguna formación académica, carente de moral y más aún de ética, se valía de testigos falsos y de cuanta trampa era necesaria para justificar sus alegatos.

Demás  está decir que su acusación se la llevó el viento puesto que era su palabra  y su desprestigio, ante lo mío a quien todo el mundo apreciaba por el debido respeto que me había ganado  por mi  proceder ante una sociedad que bien supo establecer la diferencia.

El pasado 20 de octubre los doctores Fabio Sánchez y  Jaime Barrios visitaron en su casa en la ciudad de Barranquilla, al doctor Israel Díaz Rodríguez. Un reencuentro hermoso, lleno de muchos años de amistad, de trabajo y de un construir por las mujeres maduras colombianas.

 

 

Al día siguiente en compañía de los doctores Norella  Ortega (Presidente del Capítulo Atlántico), Luis María Murillo (Secretario Capítulo Bogotá) fuimos a entregarle la medalla que mediante Resolución N. 003 de 2019 le había sido otorgada por el entonces Presidente, Dr. Frank José Ospina, en conmemoración de los 25 años de actividades de nuestra Asociación, por su trabajo realizado  en beneficio de la mujer colombiana.  Quiero comentarles, que fue un momento muy emotivo, lleno de sonrisas, de lágrimas, mucho cariño y maravillosos recuerdos, en donde también se le hizo entrega de la camiseta de nuestra Asociación y se le comentó en que estábamos trabajando y la situación con respecto a la Terapia Hormonal de la Menopausia.  De esta reunión queda un recuerdo adicional, una grabación con sus palabras.

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