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El día 11 de febrero de 2020 se llevo a cabo en los auditorios de la clínica de la mujer Bogotá, la elección de la junta directiva quedando esta compuesta de la siguiente manera.

  • Presidente Dra. Adriana Camero
  • Vicepresidente  Dra. María Fernanda Martínez
  • Fiscal Dr. German Barón
  • Tesorero Dr. Fernando Rosero
  • Secretario Dr. Luis María Murillo
  • Vocales
  • Dra. Martha Pérez
  • Dra. Johanna Fory
  • Reconocimiento Presidente Honorario Doctor Francisco Pardo

 

Mi consultorio siempre estuvo dentro de la Clínica  La Asunción, atendía a mis pacientes de lunes  a Viernes,  el Sábado se lo dedicaba a actividades hogareñas; la jornada de la mañana, empezaba a  las 10 am, puesto que de 7 a 10 am, comenzaba a hacer las cirugías programadas, el hecho de tener el consultorio en la clínica, me permitía atender sin afanes a mis pacientes obstétricas en trabajo de parto,  a las operadas y desde luego, las de la consulta de manera que me era fácil pues el consultorio estaba en el primer piso y  las pacientes  hospitalizadas, obstétricas y quirúrgicas repartidas entre el segundo y tercer piso.

Cuando llegaba a mi consultorio, lo encontraba colmado de pacientes las cuales atendía sin afán de acuerdo con su cita, a todas por igual les dedicaba el tiempo suficiente y necesario escuchando en primer lugar el motivo de su consulta con lo cual daba principio a la elaboración de su historia clínica, cuando la paciente era de primera consulta, las que iban por segunda vez que ya tenían su historia clínica, que regularmente eran controles, solo tenía que escucharles hablar de su evolución, hacerle su control físico y escribir en su historia los resultados de dicha evolución.

No ponía límite de tiempo para ningún caso, las pacientes exponían sus dolencias y yo solo les interrumpía cuando lo consideraba oportuno o necesario  con preguntas relacionadas con lo que me consultaban y algo más si lo ameritaba.

Cumplido este ritual, le pedía a mi auxiliar de enfermería que acompañara a la paciente al des -vestidero y cuando ya la auxiliar me informaba que la paciente estaba en la camilla con su bata  y cubierta con una sábana, pasaba a examinarla – previamente preguntándole si quería estar sola o acompañada por la enfermera. En suma, esto me tomaba casi una hora con cada paciente, lo cual no causaba inconformidad en las pacientes que esperaban su turno, porque ellas eran conscientes de que el mismo tempo les dedicaría a cada una al llegarle su turno.

Dado que atendía solo mujeres, en consideración a ellas, siempre llegaba al consultorio vestido a la usanza de esos tiempos, con saco y corbata, al entrar como tenía que pasar por la sala de espera, me detenía un poco y a todas saludaba; nunca visité a una paciente hospitalizada en pantuflas, bermuda o camiseta como si fuera para la playa.

Modestia aparte tenía yo un gran volumen diario de pacientes de manera que moverme de mi consultorio era difícil; por ello el día que mi secretaria me interrumpió asustada  al instante en que examinaba a una paciente y me dijo:

   “A la sala de espera ha llegado un señor con altanería diciendo que le diga a usted que él lo necesita urgentemente”.

   Yo pacientemente le contesté que le dijera que tuviera la bondad de esperar un momento.

   El hombre disgustado entró empujando la puerta y me dijo:

   “Usted se va conmigo ya mismo a las buenas o a las malas”

   Asustado le pregunté  ¿qué es lo que pasa?

   “No pregunte más y siga conmigo”, fue su respuesta.

En la puerta de la Clínica estaba parqueada una camioneta de vidrios polarizados en la cual me embarcó el hombre con modales rudos.

Una vez dentro de la camioneta, arrancó sin rumbo por mi conocido, en los asientos de atrás iban dos hombres que exhibían sus armas de fuego, o sea, pistolas de no se cuantos milímetros, en el camino al protestarle tímidamente, me amenazó con dejarme tirado en el camino, muerto de miedo no dije mas una palabra, llegamos a una casa no se de que barrio, me mandó bajar y seguidamente  me introdujo en un cuarto oscuro en donde alumbrada por una vela, estaba una mujer tendida en una cama.

   “Examínemela bien que yo le pago su tiempo”

Me advirtió el hombre

Examiné temblando a la paciente, le extendí su receta y entonces el señor que me sacó casi a la fuerza de mi oficina, se metió la mano al bolsillo – yo creí que sacaría  una pistola – pero nó, fue un fajo de billetes, me tiró algunos  al lugar donde yo estaba y luego me dijo:

   “Ya nos vamos”.

Sinceramente pensé que me llevaría quien sabe para dónde, pero le ordenó al chofer que me devolviera al consultorio.

Cuando mis pacientes, mi secretaria y todo el personal de la clínica que me vio salir a la fuerza casi a empujones por aquel hombre que infundía miedo, al verme regresar horas después,  alabaron a Dios por haber regresado sano y salvo.

Meses después, un día  una de las páginas del periódico local, mostraba  la fotografía de un  hombre a quien le habían asestado tres tiros en la cabeza y otros tres en el resto de su cuerpo, lo reconocí de inmediato, era el mismo que me había  secuestrado;  poderoso mafioso, según se leía en pie de foto, jefe de una banda de narco traficantes.

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El pasado 23 de enero en el auditorio Cesar Augusto Pantoja se posesionó como miembro correspondiente  de la Academia Nacional de Medicina, el Doctor Luis María Murillo Sarmiento, actual Secretario de la Junta Directiva del Capítulo Bogotá.

Doctor Murillo,  Muchas felicitaciones! es un logro muy importante que se suma a su brillante carrera, como médico, humanista, poeta, escritor y filósofo. Continúe cosechando éxitos!

Presidente, vicepresidente y secretario del capítulo. Una amistad de toda una vida.

 

Felicidades!

 

En 1947 comencé mis estudios de medicina en la Universidad de Cartagena, los primeros tres años de estudio se hacían en el claustro de San Agustin allí funcionaban para ese entonces, las facultades de Medicina, Derecho, Química y Farmacia; era habitual que el aspirante a medicina si no lograba entrar a medicina, tenía la opción de aspirar  a farmacia en la cual  siempre sobraban cupos por la poca demanda de ésta.

No así la de medicina en donde la entrada no era tan fácil por el número de aspirantes que siempre doblaba y hasta triplicaba el número de aspirantes; hay que tener en cuenta que por los años cuarenta solo existía en la costa la  Universidad de Cartagena y acudíamos aspirantes de los departamentos de Bolívar, Magdalena  y todo cuanto hoy se conoce como Sucre y Córdoba.

Tuve el privilegio de entrar a la facultad de medicina en 1947: Como lo he dicho otras veces, los estudios hasta el tercer año,  eran en dicho claustro, solo al llegar al cuarto año todo pasaba al hospital Santa Clara, donde  empezaban las clínicas al contacto con pacientes.

Funcionaban como tales los servicios de. Medicina  Interna, Ortopedia, Órganos de los Sentidos, Ginecología, Obstetricia y Cirugía general: en el sexto año, se hacía al mismo tiempo, el internado rotatorio, que era de dos meses en cada uno de dichos servicios.

 A mi entrañable amigo Hugo Vásques  y a mí, nos tocó rotar por un servicio que era solo virtual, no existía como tal y la anestesia la daba a los pacientes un médico que no era sino un aficionado autodidacta en la materia.

Para nuestra mala suerte, el primer día de nuestra rotación, el caso a operar pertenecía al servicio de Ortopedia, el cirujano estaba de pelea a muerte con el improvisado anestesiólogo, de tal manera que este caballero durmió a la paciente, a la usanza de entonces y, al llegar el cirujano nos encargó a Vásquez y a mí de continuar con la anestesia.

Como no teníamos la mínima noción de cómo manejar el aparato de anestesia, nos guiábamos por el movimiento del balón que según una ligera información que nos dio el “titular de la anestesia”, los movimientos del balón significaban que el paciente respiraba; todo comenzó bien pero llegó un momento en que el balón dejó de funcionar; yo presintiendo que el paciente se había muerto, le dije a Vásquez; tengo necesidad de ir al baño.

Hugo que estaba pensando lo mismo que yo, o sea, salirse del quirófano y dejarme el problema a mí, sujetándome por el brazo me dijo: “de aquí no se sale nadie, este muerto es de los dos”  

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CHARLA A LAS MONJITAS DE CLAUSURA DE UN CONVENTO

Por: Israel Díaz Rodríguez

 

Siempre que me han invitado para que dicte una charla o conferencia a una entidad o institución de cualquier rango, tales como: Universidades, Colegios, sociedades científicas o público en general, debo confesar que he sentido algo de temor, por no decir abiertamente, pánico.

Tengo muy viva en mi memoria, la primera vez que  pronuncié unas palabras ante un nutrido grupo de personalidades y compañeros del Club de Leones en Magangue, con la presencia de Monseñor López Umaña, Arzobispo de Cartagena, a quien habíamos invitado para la colocación y bendición de la primera piedra del nuevo cementerio por allá en el año de 1958.

Dudé en ser yo el que diera al prelado, el saludo, lo pensé muchísimo,  inclusive, quise excusarme pero no tenía  motivo valedero, pues yo era el presidente del Club, así que, ni maneras.

Entonces ese juez implacable que lleva uno por dentro que se llama conciencia, me impulsó de tal manera, que llegado el momento, de pie detrás el atril, saqué de mis bolsillos del saco, unas tres hojas de papel escritas a máquina y luego del saludo reverencial, empecé mi discurso,

Mientras lo hacía, levantaba de vez en cuando la vista con el velado propósito de observar si los asistentes me estaban prestando atención o si estaban distraídos. Llegado al final de mi discurso, recibí el protocolario apretón de manos de los más cercanos compañeros y una que otra mirada de complacencia de los que estaban al otro extremo de la mesa.

Yo no quedé satisfecho con mis palabras, me sentía como que algo de lo que había expresado, no encajaba para el momento. Monseñor López Umaña, era un hombre demasiado serio, algo distante y en su rostro solo advertí algo de fastidio, no se si por estar allí entre nosotros, después de un largo y fatigoso viaje desde Cartagena a Magangue, en una calurosa tarde y en un auto sin aire acondicionado, o porque mi perorata no le había gustado para nada.

El Doctor Gil Blas Berrío  ese eminente jurista magangueleño que poseía una inteligencia privilegiada  cultivada como excelente lector que era, tenía gran amistad conmigo y en calidad de sincero amigo, cuando me atreví a preguntarle como le había parecido mi intervención, con franqueza me dijo: “lo que escribiste estuvo bien, lo leíste con claridad, buena dicción y tono de voz, pero ese discurso no era para Monseñor, sino para un Pastor de iglesia Protestante”.

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